jueves, 24 de marzo de 2016

Y volar hacia la nada.


 Con esa mirada lo siento todo.
A pesar de la distancia física creo reconocer en la profundidad de las pupilas las palabras que, mudas, no se pronuncian casi nunca.
El miedo, aliado incansable de almas torturadas, no deja hablar a la boca y apenas se le escapa por los ojos los sonidos no emitidos.
Y ni brillan por las lágrimas porque hasta eso está prohibido.
El dolor, callado, asumido, consentido y aceptado, se asienta tras una mirada permamentemente cerrada. Porque no se quiere ver, y antes de enfermar es mejor entornar los párpados secos y no mirar.
La luz al otro lado brilla demasiado fuerte. Se desboca el sentimiento y no se sabe como parar tanta locura. No hay camino, no hay salida.
Vivir torturados dentro de nosotros mismos es lo peor que le puede pasar a un ser humano.
Unos, desesperados, caen en depresiones inacabables. Otros, rendidos, asumen vivir encerrados y solo escapan cuando la jaula se abre en instantes robados a la vida.
Y el tiempo, verdugo incansable de los palpitares, cabalga rápido hacia la nada, hacia ese momento en el que se despierta, se mira atrás y se cae en la cuenta de que ya no hay retorno, que la vida pasó y apenas ha dejado más huellas que esos aleteos ilusionados que se batieron hace mucho.


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