lunes, 21 de febrero de 2011

Elecciones

Hay momentos en los que te planteas tomar decisiones. Nunca sabes si éstas son las correctas, pero sientes la responsabilidad de cargar con las consecuencias que dichas elecciones te puedan acarrear. A veces esas decisiones son tomadas en un arranque de impulsividad y lo que te mueve a ella no está reflexionado suficientemente, pero aún así, te arriesgas.
En las últimas semanas he sentido como Irene renació de entre las cenizas, una vez más, como el ave fenix del que ya he hablado en muchas ocasiones. Y este renacimiento ha conllevado tomar decisiones sobre mí que, hasta ahora, siento que son acertadas y me están llevando a una plenitud interior que no conocía.
Sea por el reiki o por desnudar mi cuerpo de grasas, el caso es que me siento satisfecha conmigo misma como nunca antes lo estuve. No sé si la edad tendrá que ver, o el plantearme que todo es pasajero y que solo el actuar correctamente me va a llevar a sentirme verdaderamente feliz.
Es claro que eso es lo que busco, como todos. Pero he descubierto que en hacer el bien a los demás y entregar parte de mi tiempo a otras personas encuentro una felicidad desconocida.
No me creo más especial que los demás. Seré una mujer corrientita para mucha gente, pero yo sí me siento única, valiosa y preciosa (en el mismo sentido), tal y como mi padre me definió hace ya muchos años.
Y esa seguridad me da fuerzas para luchar por el amor. Y no me refiero a un amor físico o pasional, sino al amor en general, a lo que tengo, a lo que me rodea, a quien me quiere e incluso a quien no me quiere. Trato de buscar un rinconcito para el rencor hacia quien me hizo mal, y no consigo encontrarlo. Quizás el rencor lo cambié por indiferencia hace ya tiempo y no me di cuenta. Y quizás, también, ese cambio es el que ha provocado que me sienta tan bien conmigo misma.
Es una elección que he tomado de una forma casi inconsciente y solo hoy, a medida que voy escribiendo estas líneas estoy siendo consciente de lo que significa.

jueves, 3 de febrero de 2011

Recordando

La mirada esquiva
veinte años no es nada
abrasa el abrazo
brasa en el regazo.
No era carbón lo que había
sino llama apagada en el olvido.
Solo una chispa.
Se enciende el alma.
Y duele el dolor del pasado
el dolor causado y perdido.
Y aunque duele no quieres
y quieres el dolor.
Porque esa llama al abrigo
de recuerdos profundos
pintaba una sonrisa sincera
y una promesa imposible.
La mirada clavada en la pupila
refulgiendo esperanza, sosiego,
inquieta, fascina, rechazas, anhelas.
Veinte años no es nada
pero el palpitar bate a otro ritmo,
hay esperanzas, hay sintonía,
hay ilusiones que nunca se apagaron.