jueves, 27 de julio de 2017

Soy yo

Esta soy yo con los 50 a punto de caer en el reloj de arena de mi vida.
Esta soy yo, por fuera, la cáscara que todos pueden ver, el soporte de lo no tangible.
Esta soy yo, confiada, segura, decidida...
¿Yo?
¿La misma que se acobarda ante algunas situaciones de la vida? ¿La misma que no pelea por lo que quiere porque el respeto y los convencionalismos deben prevalecer al amor y a los sueños?
¿Yo?
¿Acaso me reconozco? Ni siquiera esta imagen muestra quien realmente soy para mí misma. Quizás para ti sí.
Esa "yo" se siente perdida en un mundo que aparentemente conoce. 

Esa "yo" sonríe cuando su alma llora porque es socialmente correcto acorazar lo que se siente y disfrazarse de valiente.


Esa "yo" sueña sueños que nunca podrá realizar porque como dijo Calderón de la Barca "los sueños, sueños son" y deben permanecer en mundos paralelos donde los encuentros son posibles, donde los cambios se suceden a golpe de parpadeo, donde se puede tocar lo intocable y besar lo etéreo.
Y esta "yo" le pregunta a esa "yo": ¿Y si lo intentamos? ¿Y si barremos la basura y tratamos de limpiar todo aquello que nos limita? ¿Y si te pones el mundo por montera y eres ese cambio qué quieres ver en tu entorno?
Y otra vocecilla interior se ríe y contesta: ¿Y cómo piensas pagar las facturas? ¿Y cómo gestionarás los cadáveres emocionales que quedarán en el camino? ¿Y dónde hay que colocar el primer pie para que ese paso no te lleve al precipicio?

 
Sí, son los miedos a los cambios. Esos que todos tenemos y que nos agarrotan a una existencia que no nos gusta pero que hay que engullir sin dejar de agradecer...porque hay otros que están peor que tú y "no es justo"...

--¡Cuánta razón me das, vieja Irene! -- me digo a mí misma -- pero así llevas invertidas varias décadas de tu vida y nunca has logrado llegar a ser quien de verdad quieres ser.


-- Hay quien vive anestesiado toda su vida en ese mundo imaginario, cual Matrix, con visos de parecer realidad -- me respondo cual sabia pitonisa de pacotilla -- Y no se comen el tarro como tú, querida Irene. Se limitan a vivir, se centran en sobrevivir, se afanan por no malvivir, o luchan por revivir. Carpe diem, sin otro objetivo que acabar una noche más en una cama mullida, con el estómago lleno y una sonrisa pegada con fixo en tu cara. ¿Qué más te da todo lo demás?
Y ante esas preguntass no sé responderme a mí misma, pero me revuelvo nerviosa en mi silla...
-- ¿Puedo levantar la mano? ¡Quiero preguntar! -- grito con los labios cerrados.
Pero ¿quién hay mirando mi mano levantada? . Ya no estoy en la escuela y no hay quién me resuelve las dudas.
--Anda, Irene, baja ese dedo que apuntas hacia el cielo y gíralo hacia tu pecho. Es ahí donde está la respuesta. Solo ahí hallarás la información que requieres para ti misma...

domingo, 22 de enero de 2017

La armadura del corazón

Giró la llave y oyó como el clic confirmaba que el mecanismo se cerraba.
Esta vez tenía la firme intención de no abrir nunca más esa cerradura ya que, cual caja de Pandora, únicamente encerraba dolor y cada vez que se abría, de su interior, se escapaba la poca esperanza que había conseguido guardar.
Había amado incondicionalmente varias veces. Y cada vez que había abierto su corazón éste había resultado dañado. Y ya no era necesario hacerlo nunca más.
Se dijo a sí misma que con tanta experiencia acumulada y tanta entrega regalada había cubierto el cupo de toda la vida y que ya estaba bien de ocupar ese lugar en el universo.
Así que miró hacia afuera, dispuesta a observar todo lo que la rodeaba con otros ojos. Y solo vio un espejo.
Allí sus ojos reflejados le dijeron que se equivocaba. Los cerró. Y se dio cuenta de que al cerrarlos podía otear aún el palpitar que acababa de encerrar en su pecho. La armadura no era hermética y por un resquicio de la cerradura brillaban las ganas de seguir amando.
Abrió los ojos.
Solo era necesario cambiar la perspectiva con la que mirar el mundo para seguir viviendo sin tantos pálpitos. Era más que suficiente para empezar.