martes, 22 de marzo de 2016

Microrrelato de 2012

Hoy me puse a  revisar los cientos de emails que nunca borré y entre ellos encontré un microrrelato que me encargaron a finales de 2012. Es curioso que aparezca ahora que tanto hago trabajando con la Ley de la Atracción. Lo comparto porque creo que nunca lo publiqué y a mí me ha gustado.
ENCUENTRO EN LA PLAYA

El vislumbrar su manto color canela hace que mi corazón acelere el ritmo de mis piernas para llegar a la playa. Entre el batir de sus latidos que retumban en mis oídos, el sonido del mar, salvaje, va penetrando poco a poco en una melodía inacabable.
Hundo mis pies en la arena, y el fluir de su calor por entre mis dedos acrecienta la sensación de presencia. Aquí y ahora. Todo es posible.
Guío mis pasos hacia el agua. La espuma blanca de las olas se diluye en la orilla besando con timidez la arena seca y cálida, tornándola firme y fresca.
Miro al horizonte y el sol, cada vez más tímido, aún irradia sus rayos en un cielo azul que anuncia una puesta de sol anaranjada.
Algunas personas pasean en paralelo a la costa. Otras simplemente se sientan a la orilla a observar el vaivén de las olas en su perpetuo caminar. Un chico corre por el margen del agua. Algo cae.

—¡ Perdona! — grito — se te ha caído algo.

El chico se gira sobre sí mismo y unos grandes ojos verdes, enmarcados por unas largas pestañas me miran con extrañeza.

— ¿Me hablas a mí? — me responde con una respiración jadeante y entrecortada

Me impacta esa mirada y solo se me ocurre una cosa: «Tengo que retenerlo como sea»

— Es que me parece que esto es tuyo — digo. « Piensa Brenda, piensa...que se te va».

He recogido un papel de color amarillo que tiene algo anotado. Si no me hubiese dado cuenta el agua lo habría engullido y el chico no se habría dado ni cuenta. No creo en las casualidades y por eso busco en mi cerebro la fórmula para conseguir que éste se pare y me acompañe en el paseo vespertino.

Le alargo el brazo para entregarle el papel y él se queda mirándome a los ojos sin prestar atención a mi brazo extendido.

— Muchas gracias — responde — no era algo muy importante. No hasta ahora — enfatiza—  pero me alegro de haber cogido esa nota justo antes de salir. De no haberla llevado no se habría caído, y me habría privado de la oportunidad que me brinda ahora la vida.

— ¿Cómo dices? — apenas me puedo creer que esto esté sucediendo. Deseaba encontrar una excusa para retenerlo y él se retiene solo ante mí — ¿No era importante y aún así estás contento de que te haya interrumpido en tu sesión de deporte?

— Cada tarde salgo a correr a esta misma hora — suspira. Su respiración va retornando a la normalidad y se va acompasando al ritmo que marcan las olas.
Estamos frente a frente. Dos desconocidos que se acaban de mirar a los ojos y que están buscando excusas para permanecer juntos.

— ¿Puedo acompañarte? — me pregunta sin más — ya he perdido el ritmo de la carrera y me apetece más disfrutar del espectáculo que se anuncia para hoy.

— Claro, la playa es de todos y me parece bien pasear en compañía — las palabras no han terminado de salir de mi boca y ya estoy arrepentida por lo dicho — Eh...quiero decir, que sí, claro..que será un placer pasear contigo.

— ¿Sabes una cosa? Yo no  creo en las casualidades y sé que hoy estábamos destinados a conocernos

— ¡Qué casualidad! — rectifico — oh, no...casualidad no...¡Qué!...¿qué?. Es que yo pienso exactamente lo mismo, que la casualidad no existe, pero casualmente hoy hemos coincidido, estamos coincidiendo...y no encuentro las palabras para definir lo que acaba de pasar, lo que pasa...

— ¡Ja, ja, ja! — ríe con dulzura — eres adorable. Ese titubeo que acompaña a la firmeza de tus ideas es una mezcla perfecta para unos ojos tan hermosos y una luz tan intrigante.

— Creo que se llama sincronicidad o algo así...— trato de reponerme del impacto de estas palabras — tener en el pensamiento algo, o pensar en alguien y de repente todo permite que lo que imaginaste se manifieste en tu mundo físico.

— ¿Quieres decir con eso que ya habías pensado en mi? — sonríe burlonamente y el sol, anaranjado, se refleja en el fondo de sus preciosos ojos verdes. La playa se torna cada vez más gris pero la chispa que ha surgido ilumina casi tanto como el sol.

— Solo digo que venía pensando en lo bonito que sería ver la puesta de sol acompañada de alguien agradable, y aquí estás tú. No sé si esto será sincronicidad o casualidad, o causalidad, o el destino, o son cosas de la ley de la gravedad que hizo caer ese papelito...quién lo sabe. El caso es que aquí llevamos ya un rato...un rato muy agradable por cierto

— Cierta vez leí que la sincronicidad se confunde con la magia. Hablamos de momentos mágicos cuando somos conscientes de que lo que nos está pasando es la respuesta a nuestros deseos más profundos. Sentimos que algo sobrenatural está ayudando a nuestros sueños a materializarse. Como si un mago azul, como el de Aladdin, estuviese esperando a que le mandásemos un pensamiento para hacerlo realidad mediante la magia.— Me toma de la mano — y hoy el mago se ha materializado en un posit, cuadrado y amarillo con una información intrascendente pero que ha permitido que entablemos esta conversación.

— ¿Entonces crees en la magia?¿Piensas realmente que hay algo que permite que los sueños se hagan realidad solo por el hecho de soñarlos? — por un momento miro al mar e imagino que por entre la espuma de las olas se asoma Neptuno para guiñarme un ojo lleno de complicidad — ¿Te puedo preguntar una cosa?

Me doy cuenta de ha seguido el recorrido de mi mirada hacia el mar y siento cierto rubor al imaginar la cara que habré puesto al descubrir al dios del mar lanzándome tal gesto de complicidad.

— Pregunta lo que quieras — titubea — ¿Me has dicho tu nombre?

— No, no te lo he dicho, perdona, soy Brenda ¿cómo te llamas tú? — quiero mantener firmeza pero poco a poco voy sintiendo como mis piernas se hunden más y más en la arena — pero ten en cuenta que desde el momento en que me digas tu nombre dejaremos de ser desconocidos.

— Acepto el reto de convertirme en un conocido— sonríe con la sonrisa más radiante que he visto jamás — soy Pedro — dice sin más — y ahora...lanza tu pregunta...¿después puedo preguntar yo?

— Claro — respondo — A ver, si el mago de Aladdin apareciese ante ti ¿qué le pedirías?

Se ha quedado muy pensativo. Su mirada ha viajado en un momento hacia la raya del sol que presto a morir regala ya sus últimos destellos en el mar, hacia la arena de la duna que se oscurece por momentos, y hacia mí.

— No es una pregunta fácil la que haces, amiga Brenda.. Imagino que lo que te responda será fundamental para que avances en el conocimiento de este, hasta hace unos minutos, desconocido de la playa. Si te soy completamente sincero puedo llegar a resultarte absurdamente mentiroso o idealista pero lo cierto es que sí hay sueños que me gustaría ver realizados, sea con la ayuda de ese divertido y maravilloso mago, o sea por la transformación completa del ser humano.

No sé qué es lo que está pasando, pero por momentos, voy sintiendo que una gran fuerza me va subyugando con las palabras de mi recién estrenado amigo. Intuyo que va a decir algo interesante, algo sorprendente, algo mágico...¡claro!...¿cómo no?

— Mi gran deseo — dice girándose  hacia mí. No para de acariciar mis ojos con una mirada que va adquiriendo, con la presencia de la noche, la tonalidad del musgo navideño — es que en el mundo nadie sufra. Y fíjate que no digo que salvemos el planeta, o que erradiquemos el hambre o que amemos a nuestros semejantes. Solo pido que no haya sufrimiento. Y con ello creo que lo abarco todo. No se sufre si no falta el alimento, si no falta el amor, si podemos observar nuestro entorno y verlo sano y sostenible, si la enfermedad no nos ataca, ni se arrima a nuestros semejantes.  No se sufre si el amor nos acompaña, si participamos en la felicidad de los demás, si respetamos nuestro cuerpo y nuestra mente. Ese es mi deseo.

— Es tarde, Pedro — Necesito salir de aquí porque es imposible que lo que oigo pueda ser cierto — si te parece seguimos con nuestra conversación en otro momento. Se está haciendo de noche y no quiero que se preocupen en casa. Ya nos vemos...

—  Ya ves, Brenda — un destello de tristeza comienza a nublar unos ojos que se vuelven cada vez más negros — los sueños no son magia, porque de serlos el sol se habría esperado un poco más para evitar el sufrimiento que tu marcha me produce.

Un escalofrío recorre mi cuerpo y dirijo mis pasos hacia el paseo marítimo. Al fondo, la luz mortecina de las farolas indican que la magia se acaba y que lo que empezó por el capricho de un posit amarillo finalice con el sueño más maravilloso que algún ser humano pudo imaginar.

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